Sequía extrema, incendios y el impacto en el agro de Norteamérica

Sequía extrema, incendios y el impacto en el agro de Norteamérica

El oeste de Canadá y Estados Unidos estuvieron expuestos a temperaturas insoportables, que han provocado un gran estrés a nivel agropecuario, sequías y múltiples incendios forestales.

El calor extremo, combinado con una prolongada sequía, «amplifica el riesgo de incendios». El calentamiento global está causando la peligrosa combinación de calor extremo y sequía prolongada.

En los años 30, durante la Gran Depresión, muchos de los campos de las grandes llanuras de Norteamérica se convirtieron en polvo. A la grave sequía de aquellos años se sumó una plaga devastadora: saltamontes, millones de ellos, formando nubes que asolaban todos los cultivos a su paso. En 1937, la Guardia Nacional de Colorado equipó trenes con lanzallamas para tratar de contenerlos.

Hoy, los saltamontes han vuelto. “Hace cosa de una semana, vimos que comenzaban a entrar desde los campos de alfalfa, y cómo devoraban los primeros 20 pies [seis metros] de nuestro campo de avena”, contó Amy Nikkel, una agricultora de la provincia de Manitoba, a la cadena pública canadiense. “Luego ibas allí al día siguiente y se habían comido los siguientes cinco pies, y los siguientes cinco pies, y los siguientes cinco pies. Hemos perdido todos los cultivos por el daño de los saltamontes”.

La plaga, que prospera con la aridez, está arruinando los cultivos de gran parte de los estados del oeste y medio oeste de Norteamérica, desde Oregón hasta Utah. Los voraces insectos son una de las muchas caras de la aridez creciente en esa parte del continente, recrudecida por el cambio climático. Una situación que muchos científicos ya califican de “megasequía”.

Recién comenzado el verano, el mapa de seguimiento de la sequía de EEUU (US Drought Monitor, elaborado por un consorcio de universidades y centros públicos de investigación) muestra una imagen desoladora: según los últimos datos, publicados el 22 de julio, el 95,25% de la superficie del oeste del país se encuentra bajo condiciones de sequía.

El mapa se divide en cinco categorías: desde condiciones “anormalmente secas” (D0) o “sequía moderada” (D1), hasta la “sequía excepcional” (D4), que implica daños a gran escala en cosechas y pastos, y escasez en embalses, ríos y pozos. El Centro Nacional de Mitigación de la Sequía considera este nivel, de hecho, una “emergencia hídrica”. Hace un año, ninguna zona estaba sufriendo la intensidad más extrema. Ahora, ya abarca más de un cuarto de la superficie del Oeste, un 28,03%.

La falta del preciado recurso atenaza a 60 millones de personas que viven en metrópolis como Las Vegas, Phoenix o Los Ángeles. El lago Mead, el gigantesco embalse en el río Colorado que permitió el fastuoso desarrollo de los desiertos del suroeste, se encuentra en mínimos históricos y se espera que este mes el Gobierno federal lo declare por primera vez en escasez. El Gobernador de California ha suplicado a la ciudadanía que reduzca un 15% el consumo de agua en los hogares, preparándose para lo peor. Y, quizás a falta de otras ideas, el Gobernador de Utah pidió a la gente rezar para invocar la lluvia.

“Según el diccionario Merriam-Webster, una sequía es una condición temporal”, explicó a The San Diego Union-Tribune el exdirector del ente de conservación del agua del río Colorado, Eric Kuhn, que cree que se ha pasado a una fase más permanente y mucho más preocupante: “Esto es aridificación”.

“Para la cuenca del río Colorado, este evento es parte de una tendencia seca de 20 años, así que hay reservas limitadas de agua a las que recurrir”, cuenta a El Ágora la investigadora Cora Kammeyer, del Pacific Institute de California.

“Desde la colonización blanca del oeste de EEUU a finales del siglo XIX, los gestores del agua han tomado decisiones que explotan de manera insostenible nuestros recursos hídricos”, ahonda Kammeyer. “Desde entonces, la población ha crecido de forma drástica y junto a ella, la demanda de agua.”

Mucha gente, en un lugar árido, usando mucha agua. Y el nuevo factor en esta peligrosa receta es el calor extremo resultado del cambio climático. El sol cae implacable, abrasando una tierra a la que no le queda ni una gota de humedad, en un ciclo que se retroalimenta.

Así se explica, por ejemplo, que gran parte de la (escasa) nieve que cayó este invierno en la Sierra Nevada de California, y que es vital para recargar las reservas hídricas del Estado, no llegase a alcanzar los embalses: el suelo estaba tan reseco que se bebió 0,85 kilómetros cúbicos tras el deshielo, según los cálculos de los hidrólogos. Es un 40% más de lo que consume la ciudad de Los Ángeles en un año.

La falta de agua también está causando estragos en los bosques. Incluso los duros enebros están muriendo en masa, asfixiados por la falta de agua, según informó el Servicio Forestal de Arizona. Y los árboles, consumidos y debilitados, se han convertido en pura yesca, con incendios cada vez más grandes e intensos azotando la costa oeste.

Árboles quemados por los incendios de Arizona. | Foto: Deva Kaiser

Para la comunidad científica, la relación entre la intensidad de esta sequía y el cambio climático de origen humano es inequívoca. A través del estudio de los anillos de los árboles (en años de pocas lluvias, el árbol crece menos, dejando un testigo climático en forma de anillos más estrechos), un grupo de investigadores demostró que la sequía del siglo XXI va camino de convertirse en la peor de los últimos 1.200 años en el suroeste de Norteamérica.

Según el artículo, publicado en Science en noviembre de 2020, el periodo seco actual es fruto de la variabilidad natural, pero la crisis climática —de la que se derivan mayores temperaturas, menor humedad relativa en el suelo y lluvias reducidas— ha exacerbado sus efectos: hasta un 46% de la gravedad de la sequía actual se debe al calentamiento global, según su análisis. De este modo, lo que hubiese sido un periodo seco “moderadamente severo”, ha tomado la trayectoria de las “megasequías” que asolaron la región entre los años 800 y 1.600. Ese último suceso climático es el principal sospechoso de la desaparición súbita de la civilización Anasazi en los desiertos del suroeste, uno de los ejemplos recogidos por el escritor Jared Diamond en su obra “Colapso”.

La magnitud de las futuras sequías en Norteamérica y en todas partes dependerá en gran medida de las tasas futuras de emisiones, a nivel global, de gases de efecto invernadero de origen humano”, concluyeron los investigadores.

Sin soluciones mágicas

“No hay una única solución para afrontar la escasez de agua en el oeste”, explica la investigadora del Pacific Institute, Cora Kammeyer. “Necesitamos usar menos agua para producir más de los bienes y servicios que queremos, tratar y reutilizar más de las que solíamos considerar como aguas residuales, garantizar el derecho humano al agua y proteger la naturaleza y los beneficios que ella nos provee”.

La escasez obligará a afrontar decisiones difíciles, y cada vez más. Los agricultores californianos están contra las cuerdas, porque por los canales corre cada vez menos agua. Y cuando la demanda supera la oferta, asoman los conflictos.

“Históricamente, las necesidades hídricas básicas de comunidades rurales y pobres, como en el Valle Central de California, no se han cubierto durante sequías graves”, critica Kammeyer. La falta de agua y la crisis climática no afecta a todos por igual. Por ejemplo, los casos de la llamada “fiebre del valle”, una grave enfermedad provocada por un hongo que vive en suelos áridos, se han disparado entre los jornaleros migrantes del valle de San Joaquín, epicentro de la rica industria agrícola californiana.

Campo de maíz dañado por la sequía en el medio oeste. | Foto: Tony Campbell

También puede ser momento de volver a poner la mirada en la mejor reguladora del agua, la naturaleza. “Las comunidades indígenas del oeste de Estados Unidos han utilizado soluciones basadas en la naturaleza para manejar los recursos naturales, incluida el agua, durante siglos”, indica Kammeyer. La investigadora destaca que estas medidas están ganando popularidad entre los gestores urbanos y agrícolas: por ejemplo, con “jardines de lluvia” que capturan el agua de las tormentas y aumentan la infiltración en los acuíferos, o con medidas de agricultura regenerativa para mejorar la salud del suelo. “Al recuperar un suelo sano, los agricultores pueden aprovechar mejor la capacidad natural de la tierra para almacenar agua y carbono, y para sostener cultivos productivos”.

Vía: https://www.elagoradiario.com/

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